Cipriano Martos: 28 años, nacido en Huétor-Tajar, provincia de Granada, familia de braceros, militante del PCE (m-l) y del FRAP desde los 23 años.
Cipriano Martos fue detenido por la Guardia Civil en Reus (Tarragona) en una caída del FRAP en esta provincia. Una caída que iba a ser más trágica que las demás. Fue detenido el 30 de agosto (de 1973) y sometido a torturas desde el primer momento. Fue obligado a beber el contenido de un cóctel molotov, a resultas de lo cual fue conducido a un hospital para que le hiciesen un lavado de estómago. Aún sin recuperarse, fue conducido de nuevo a las dependencias de la Guardia Civil donde continuaron las “sesiones” y, por segunda vez, le fue administrada a golpes la misma “bebida”. Abrasado por dentro, no pudo sobrevivir. Murió el 17 de septiembre.
Ni sus padres, ni sus hermanos, ni su abogado pudieron ver el cadáver, que fue enterrado en secreto en el cementerio de Reus.
Cipriano Martos había empezado a trabajar a los 11 años, en el campo, de sol a sol. Fue bracero, junto con su padre y hermanos, en Morón de la Frontera (Sevilla), en las tierras de un aristócrata; fue minero en las minas de lignito de Teruel; después pasó a Cataluña donde trabajó en el textil en Sabadell y Tarrasa, miembro del PCE (m-l); después, estuvo en la construcción en Barcelona y Reus, donde terminó su vida, que no su ejemplo. Su itinerario laboral estuvo marcado, como el de otros muchos trabajadores conscientes de sus derechos, por las amenazas, los despidos y las “listas negras”. Su actividad sindical la desarrolló en CCOO y en la OSO.

Su muerte no se publicó en ningún periódico español. En Europa, y gracias a las informaciones que regularmente daba a nivel nacional e internacional la Agencia de Prensa España Popular (APEP), encuadrada en el FRAP, “Le Monde” dio la noticia, aunque con algún retraso. También denunciaron el asesinato “Liberation” e “Il Manifesto”. El Consulado franquista de Hendaya fue atacado días después: se le arrojaron botellas con pintura roja y se hicieron grandes pintadas de ¡Asesinos! Cipriano Martos será vengado. ¡Muerte al fascismo!

Hoy en día, en la plaza de Sabadell, donde vivió, una placa recuerda su nombre y la fecha de su asesinato.
En los interrogatorios, no dijo ni una sola palabra.

Desde aquel 17 de septiembre, Cipriano Martos se convirtió en un ejemplo de lucha, de firmeza y de valor comunista para todos sus camaradas, para todos los que lo conocieron y para todos los que, después, han oído hablar de él.

En 1978, el escritor Miguel Buñuel escribió un relato basado en las circunstancias de su vida y de su muerte. Se tituló “El desaparecido”
Fuente: “FRAP. 27 de Septiembre. Equipo Adelvec. Ed. Vosa.” Pág. 53.
EL DESAPARECIDO por Miguel Buñuel

Frío. Oscuridad de mina de lignito. Ni el menor asomo de luz. Ni de sol, ni de carburo. Contengo la respiración, los latidos, y tan sólo escucho el silencio, como un grito.
Quiero mover los dedos de las manos, de los pies. Quiero mover las muñecas, los tobillos, el espinazo. Quiero mover las caderas. la cintura, el tronco, el cuello, la cabeza. Y no puedo. ¡No puedo!
Estoy atado a un sillón monacal, desde las uñas de los pies a la punta de los tobillos.
En mi cuerpo desnudo siento en toda su extensión el pálpito de las heridas abiertas, de las quemaduras infectadas, de los moratones tumefactos, y, por dentro, el crujir de huesos rotos y el derrame de visceras desgarradas.
Quiero abrir los párpados. Quiero despegar los labios. Y tampoco puedo. Están pegados.
Resoplo por la nariz y suena como el llanto de un niño. Y escucho estruendo de carcajadas. Y un grito:
- ¡Basta!
Y una voz imperativa de mando, más imperativa y de mando que en días anteriores: - ¡Quitadle los esparadrapos!
De un tirón, me quitan el esparadrapo de la boca, y los labios, ya despellejados, vuelven a rezumar sangre. De un tirón me quitan el esparadrapo de los ojos, y me arrancan las últimas pestañas y las legañas purulentas. Luz. Sólo luz que me hace cerrar apretadamente los ojos. Mil vatios han penetrado en la retina, hundiéndose en un abismo negro. Por enésima vez. Y para mí nueva voz imperativa demando: - ¡Despertadle!
Una ducha de agua helada cae sobre mi febriciente cuerpo desnudo. Tirito. Mis dientes castañetean. Y siento la médula congelarse en un resquebrajamiento de huesos. Abro los párpados y vuelvo a cerrarlos. Me colocan unos aros oculares que fuerzan tener los ojos desmesuradamente abiertos. Son dos brasas. Ardiendo.
Y la voz ultraimperativa de mando: - ¿Tu nombre?
Y mi boca seca, sin el menor rastro de saliva, contesta como el muñeco roto de un ventrilocuo. Vuelve a pronunciar la misma cantinela de un día. Y de otro. Y de otro. Y de otro.... - Cipriano Martos Jiménez.
- ¿Natural?
- Huétor-Tajar, Granada.
- ¿Nacido?
- Cinco de julio de mil novecientos cuarenta y cinco.
- ¿Hijo de ...?
- Cipriano y Manuela.
- ¿Residencia?
- Reus.
- ¿Domicilio?
- Calle Catorce de Abril, número tres.
De la luz, vino el rayo de un puño que me aplastó el mentón.
- ¡Esa calle no existe! ¡Ni en Reus, ni en ningún lugar de España!
- En Reus si existe, en los barracones de la Osa Menor, en la prolongación de la avenida del general Prim. - ¿Profesiones que has tenido, si es que has tenido alguna?
- Jornalero en la vega granadina de Huétor-Tájar. Minero en Castellote, Teruel. Y albañil, aquí en Reus.
- ¿Por qué dejaste el campo?
- Porque cuando volví a mi pueblo, después del servicio militar, no encontré trabajo.
- ¿Dónde hiciste el servicio militar?
- En Sevilla.
- ¿Jurarías bandera, por supuesto?
- No. Otro puñetazo, salido de la luz, se incrustó en mi pómulo izquierdo.
- ¿ Y eso?
- Estaba en el calabozo.
- ¿Por qué?
- Porque le dije al capitán que así como mi padre juró la bandera republicana, yo sólo podía jurar esa bandera y no otra.
Una bota zigzagueando desde la luz, me golpeó el esternón. Dejé de respirar.
- ¿ Y cómo te hiciste minero?
Silencio. Seguía sin respirar. Y la voz imperativa de mando gritó.
- ¡Contesta!
Y una mano enguantada me abofeteó repetidamente: uno dos, uno dos, uno dos...
- ¡Refrescadle!
De nuevo la ducha helada cayó sobre la caliente desnudez de mi cuerpo en llaga viva. Respiro hondo. Tirito. Tartamudeo:
- Me..me...me hice minero por ...por...porque otros de mi pueblo se hicieron ... Tra...tra...trabajan en las minas de lignito del...del ...del Bajo Aragón.
- ¿ Y por qué dejaste de ser minero?
- Por establecer la OSO en toda esa comarca minera...
- ¿La osoqué?
- La Oposición Sindical Obrera.
- Contra los Sindicatos Nacionales, contra las Leyes Fundamentales del Reino ... ¿Te das cuenta, muchacho, que eso es una ilegalidad como una catedral? ¿Y cuándo fue eso?
- En mil novecientos setenta.
- ¿ Y cómo fue venir a Reus?
- Por otros paisanos andaluces mineros.
- ¿Mineros de dónde?
- De Utrillas o de Escucha o de Andorra o del propio Castellote, en cuyas minas trabajaba.
- ¿Nombres?
- Ninguno.
Unas barras de hierro, a diestro y siniestro, empezaron a golpearme los codos, las rodillas, los tobillos.
- ¿Nombres?
- ¡Ninguno!
- ¡Basta! -y dejaron de golpearme- ¿De dónde venías la madrugada del treinta de agosto del presente año de gracia de mil novecientos setenta y tres, cuando te detuvieron?
- Del tajo.
- ¿A las tres de la madrugada?
Estrapelucio de carcajadas:
- ¡Ja -ja-ja...aj-aj-aj..!
- ¡Silencio! ¡Responde, muchacho!
- Tuvimos que rescatar a varios compañeros que habían quedado atrapados por corrimiento de tierras en las cimentaciones.
- Sin contemplaciones, quiero nombres, nombres no sólo de los que componen contigo la ilegalísima oposición sindical obrera, también tu partido comunista marxista-leninista, nombres y direcciones de Reus, de Barcelona, de Madrid y de donde sea... ¡Y ya! ¡Ya!
- ¡Ninguno!
Sombras encapotadas, coronadas por tricornios, agitándose.
- Pero -voz imperiosa de mando aflautada- este muchacho está fresco, totalmente fresco ¿Qué medidas le habéis aplicado para que confiese?
- Todas las habituales.
- ¿Corriente eléctrica en los testículos?
- Sí, por supuesto.
- ¿Púas de acero por debajo de las uñas hasta el metacarpo?
- Sí, por supuesto.
- ¿Soplete en las tetillas y a discreción?
- ¿Y cuántos días lleváis así, sin el menor resultado?
- Desde la detención, el treinta de agosto, hasta hoy, diecisiete de septiembre.
- ¿Habéis probado con el licor de la verdad?
- No.
- ¿A qué esperáis? ¡Traed el vitriolo!
Inmediatamente me desataron la frente del respaldo del sillón monacal, arrancándome muchos cabellos. Y me doblaron la cabeza, mirando al techo. Uno me apretó con sus dedos enguantados las narices y otro me abrió la boca con unas tenazas de acero, las que usan los otorrinolaringólogos para operar las amígdalas.
Y un chorro continuo de ácido sulfúrico penetró en mi boca como una espada de fuego que me atravesó de la garganta al recto.
- ¡Basta! -y el que sujetaba la botella del vitriolo fue empujado a un lado.
Danzan negros tricornios charolados. Por mi boca sale espuma del mar Mediterráneo. Danzan capotes verdosos cubiertos de rocío de sangre. ¿Dónde el verde viento, las verdes ramas? ¿Dónde el barco sobre la mar y el caballo en la montaña? ¿Dónde mi Huétor-Tájar de Granada? Grito: - ¡Nunca me arrancaréis mi alegría y mi persona!
La voz ultraimperativa de mando chilla:
- ¡¿Nombres y direcciones?!
Silencio Alguien se acerca. Siento su cabeza, su oído pegado a mi pecho. Se yergue y exclama: - Este muchacho ha muerto.
Padres, hermanos, amigos, compañeros, camaradas: No reclaméis mi cadáver, ni ahora que han pasado cinco años de mi muerte, pues ceniza fue mi cuerpo, aventada en el delta del Ebro.
Y os digo, en este diecisiete de septiembre de mil novecientos setenta y ocho, con toda mi alegría y persona intacta que me siento muy feliz al veros reunidos aquí, en la plaza de Huétor-Tájar con todo mi pueblo y pueblos de la comarca, bajo nuestras queridas banderas al viento.
A todos vosotros, a ti padre que me engendraste, a tí madre que en tu seno me llevaste, a vosotros mis hermanos y compañeros que de niños conmigo jugastéis, a vosotros mis amigos de tasca, mis amigas de baile, a vosotros mis compañeros de trabajo en la vega granadina de Huétor-Tájar, en las minas turolenses de Castellote, Utrillas, Escucha, Andorra... en las construcciones tarraconenses de Reus, a vosotros mis camaradas de lucha por el bienestar del género humano, a todos los pueblos de España, y a tí, Mariana, que representas a las muchachas que he amado y me han amado, y que como prueba de tu amor me tejiste una bandera con los colores rojo, amarillo y morado... A todos ¡salud!, y gracias por vuestro homenaje.
Septiembre de 1978.

Cipriano Martos fue detenido por la Guardia Civil en Reus (Tarragona) en una caída del FRAP en esta provincia. Una caída que iba a ser más trágica que las demás. Fue detenido el 30 de agosto (de 1973) y sometido a torturas desde el primer momento. Fue obligado a beber el contenido de un cóctel molotov, a resultas de lo cual fue conducido a un hospital para que le hiciesen un lavado de estómago. Aún sin recuperarse, fue conducido de nuevo a las dependencias de la Guardia Civil donde continuaron las “sesiones” y, por segunda vez, le fue administrada a golpes la misma “bebida”. Abrasado por dentro, no pudo sobrevivir. Murió el 17 de septiembre.
Ni sus padres, ni sus hermanos, ni su abogado pudieron ver el cadáver, que fue enterrado en secreto en el cementerio de Reus.
Cipriano Martos había empezado a trabajar a los 11 años, en el campo, de sol a sol. Fue bracero, junto con su padre y hermanos, en Morón de la Frontera (Sevilla), en las tierras de un aristócrata; fue minero en las minas de lignito de Teruel; después pasó a Cataluña donde trabajó en el textil en Sabadell y Tarrasa, miembro del PCE (m-l); después, estuvo en la construcción en Barcelona y Reus, donde terminó su vida, que no su ejemplo. Su itinerario laboral estuvo marcado, como el de otros muchos trabajadores conscientes de sus derechos, por las amenazas, los despidos y las “listas negras”. Su actividad sindical la desarrolló en CCOO y en la OSO.

Su muerte no se publicó en ningún periódico español. En Europa, y gracias a las informaciones que regularmente daba a nivel nacional e internacional la Agencia de Prensa España Popular (APEP), encuadrada en el FRAP, “Le Monde” dio la noticia, aunque con algún retraso. También denunciaron el asesinato “Liberation” e “Il Manifesto”. El Consulado franquista de Hendaya fue atacado días después: se le arrojaron botellas con pintura roja y se hicieron grandes pintadas de ¡Asesinos! Cipriano Martos será vengado. ¡Muerte al fascismo!

Hoy en día, en la plaza de Sabadell, donde vivió, una placa recuerda su nombre y la fecha de su asesinato.
En los interrogatorios, no dijo ni una sola palabra.

Desde aquel 17 de septiembre, Cipriano Martos se convirtió en un ejemplo de lucha, de firmeza y de valor comunista para todos sus camaradas, para todos los que lo conocieron y para todos los que, después, han oído hablar de él.

En 1978, el escritor Miguel Buñuel escribió un relato basado en las circunstancias de su vida y de su muerte. Se tituló “El desaparecido”
Fuente: “FRAP. 27 de Septiembre. Equipo Adelvec. Ed. Vosa.” Pág. 53.
EL DESAPARECIDO por Miguel Buñuel

Frío. Oscuridad de mina de lignito. Ni el menor asomo de luz. Ni de sol, ni de carburo. Contengo la respiración, los latidos, y tan sólo escucho el silencio, como un grito.
Quiero mover los dedos de las manos, de los pies. Quiero mover las muñecas, los tobillos, el espinazo. Quiero mover las caderas. la cintura, el tronco, el cuello, la cabeza. Y no puedo. ¡No puedo!
Estoy atado a un sillón monacal, desde las uñas de los pies a la punta de los tobillos.
En mi cuerpo desnudo siento en toda su extensión el pálpito de las heridas abiertas, de las quemaduras infectadas, de los moratones tumefactos, y, por dentro, el crujir de huesos rotos y el derrame de visceras desgarradas.
Quiero abrir los párpados. Quiero despegar los labios. Y tampoco puedo. Están pegados.
Resoplo por la nariz y suena como el llanto de un niño. Y escucho estruendo de carcajadas. Y un grito:
- ¡Basta!
Y una voz imperativa de mando, más imperativa y de mando que en días anteriores: - ¡Quitadle los esparadrapos!
De un tirón, me quitan el esparadrapo de la boca, y los labios, ya despellejados, vuelven a rezumar sangre. De un tirón me quitan el esparadrapo de los ojos, y me arrancan las últimas pestañas y las legañas purulentas. Luz. Sólo luz que me hace cerrar apretadamente los ojos. Mil vatios han penetrado en la retina, hundiéndose en un abismo negro. Por enésima vez. Y para mí nueva voz imperativa demando: - ¡Despertadle!
Una ducha de agua helada cae sobre mi febriciente cuerpo desnudo. Tirito. Mis dientes castañetean. Y siento la médula congelarse en un resquebrajamiento de huesos. Abro los párpados y vuelvo a cerrarlos. Me colocan unos aros oculares que fuerzan tener los ojos desmesuradamente abiertos. Son dos brasas. Ardiendo.
Y la voz ultraimperativa de mando: - ¿Tu nombre?
Y mi boca seca, sin el menor rastro de saliva, contesta como el muñeco roto de un ventrilocuo. Vuelve a pronunciar la misma cantinela de un día. Y de otro. Y de otro. Y de otro.... - Cipriano Martos Jiménez.
- ¿Natural?
- Huétor-Tajar, Granada.
- ¿Nacido?
- Cinco de julio de mil novecientos cuarenta y cinco.
- ¿Hijo de ...?
- Cipriano y Manuela.
- ¿Residencia?
- Reus.
- ¿Domicilio?
- Calle Catorce de Abril, número tres.
De la luz, vino el rayo de un puño que me aplastó el mentón.
- ¡Esa calle no existe! ¡Ni en Reus, ni en ningún lugar de España!
- En Reus si existe, en los barracones de la Osa Menor, en la prolongación de la avenida del general Prim. - ¿Profesiones que has tenido, si es que has tenido alguna?
- Jornalero en la vega granadina de Huétor-Tájar. Minero en Castellote, Teruel. Y albañil, aquí en Reus.
- ¿Por qué dejaste el campo?
- Porque cuando volví a mi pueblo, después del servicio militar, no encontré trabajo.
- ¿Dónde hiciste el servicio militar?
- En Sevilla.
- ¿Jurarías bandera, por supuesto?
- No. Otro puñetazo, salido de la luz, se incrustó en mi pómulo izquierdo.
- ¿ Y eso?
- Estaba en el calabozo.
- ¿Por qué?
- Porque le dije al capitán que así como mi padre juró la bandera republicana, yo sólo podía jurar esa bandera y no otra.
Una bota zigzagueando desde la luz, me golpeó el esternón. Dejé de respirar.
- ¿ Y cómo te hiciste minero?
Silencio. Seguía sin respirar. Y la voz imperativa de mando gritó.
- ¡Contesta!
Y una mano enguantada me abofeteó repetidamente: uno dos, uno dos, uno dos...
- ¡Refrescadle!
De nuevo la ducha helada cayó sobre la caliente desnudez de mi cuerpo en llaga viva. Respiro hondo. Tirito. Tartamudeo:
- Me..me...me hice minero por ...por...porque otros de mi pueblo se hicieron ... Tra...tra...trabajan en las minas de lignito del...del ...del Bajo Aragón.
- ¿ Y por qué dejaste de ser minero?
- Por establecer la OSO en toda esa comarca minera...
- ¿La osoqué?
- La Oposición Sindical Obrera.
- Contra los Sindicatos Nacionales, contra las Leyes Fundamentales del Reino ... ¿Te das cuenta, muchacho, que eso es una ilegalidad como una catedral? ¿Y cuándo fue eso?
- En mil novecientos setenta.
- ¿ Y cómo fue venir a Reus?
- Por otros paisanos andaluces mineros.
- ¿Mineros de dónde?
- De Utrillas o de Escucha o de Andorra o del propio Castellote, en cuyas minas trabajaba.
- ¿Nombres?
- Ninguno.
Unas barras de hierro, a diestro y siniestro, empezaron a golpearme los codos, las rodillas, los tobillos.
- ¿Nombres?
- ¡Ninguno!
- ¡Basta! -y dejaron de golpearme- ¿De dónde venías la madrugada del treinta de agosto del presente año de gracia de mil novecientos setenta y tres, cuando te detuvieron?
- Del tajo.
- ¿A las tres de la madrugada?
Estrapelucio de carcajadas:
- ¡Ja -ja-ja...aj-aj-aj..!
- ¡Silencio! ¡Responde, muchacho!
- Tuvimos que rescatar a varios compañeros que habían quedado atrapados por corrimiento de tierras en las cimentaciones.
- Sin contemplaciones, quiero nombres, nombres no sólo de los que componen contigo la ilegalísima oposición sindical obrera, también tu partido comunista marxista-leninista, nombres y direcciones de Reus, de Barcelona, de Madrid y de donde sea... ¡Y ya! ¡Ya!
- ¡Ninguno!
Sombras encapotadas, coronadas por tricornios, agitándose.
- Pero -voz imperiosa de mando aflautada- este muchacho está fresco, totalmente fresco ¿Qué medidas le habéis aplicado para que confiese?
- Todas las habituales.
- ¿Corriente eléctrica en los testículos?
- Sí, por supuesto.
- ¿Púas de acero por debajo de las uñas hasta el metacarpo?
- Sí, por supuesto.
- ¿Soplete en las tetillas y a discreción?
- ¿Y cuántos días lleváis así, sin el menor resultado?
- Desde la detención, el treinta de agosto, hasta hoy, diecisiete de septiembre.
- ¿Habéis probado con el licor de la verdad?
- No.
- ¿A qué esperáis? ¡Traed el vitriolo!
Inmediatamente me desataron la frente del respaldo del sillón monacal, arrancándome muchos cabellos. Y me doblaron la cabeza, mirando al techo. Uno me apretó con sus dedos enguantados las narices y otro me abrió la boca con unas tenazas de acero, las que usan los otorrinolaringólogos para operar las amígdalas.
Y un chorro continuo de ácido sulfúrico penetró en mi boca como una espada de fuego que me atravesó de la garganta al recto.
- ¡Basta! -y el que sujetaba la botella del vitriolo fue empujado a un lado.
Danzan negros tricornios charolados. Por mi boca sale espuma del mar Mediterráneo. Danzan capotes verdosos cubiertos de rocío de sangre. ¿Dónde el verde viento, las verdes ramas? ¿Dónde el barco sobre la mar y el caballo en la montaña? ¿Dónde mi Huétor-Tájar de Granada? Grito: - ¡Nunca me arrancaréis mi alegría y mi persona!
La voz ultraimperativa de mando chilla:
- ¡¿Nombres y direcciones?!
Silencio Alguien se acerca. Siento su cabeza, su oído pegado a mi pecho. Se yergue y exclama: - Este muchacho ha muerto.
Padres, hermanos, amigos, compañeros, camaradas: No reclaméis mi cadáver, ni ahora que han pasado cinco años de mi muerte, pues ceniza fue mi cuerpo, aventada en el delta del Ebro.
Y os digo, en este diecisiete de septiembre de mil novecientos setenta y ocho, con toda mi alegría y persona intacta que me siento muy feliz al veros reunidos aquí, en la plaza de Huétor-Tájar con todo mi pueblo y pueblos de la comarca, bajo nuestras queridas banderas al viento.
A todos vosotros, a ti padre que me engendraste, a tí madre que en tu seno me llevaste, a vosotros mis hermanos y compañeros que de niños conmigo jugastéis, a vosotros mis amigos de tasca, mis amigas de baile, a vosotros mis compañeros de trabajo en la vega granadina de Huétor-Tájar, en las minas turolenses de Castellote, Utrillas, Escucha, Andorra... en las construcciones tarraconenses de Reus, a vosotros mis camaradas de lucha por el bienestar del género humano, a todos los pueblos de España, y a tí, Mariana, que representas a las muchachas que he amado y me han amado, y que como prueba de tu amor me tejiste una bandera con los colores rojo, amarillo y morado... A todos ¡salud!, y gracias por vuestro homenaje.
Septiembre de 1978.

Miguel Buñuel (Castellote (Teruel)-1924, Madrid-1980). Brillante escritor especializado en literatura juvenil. Militante del Partido Comunista de España (marxista-leninista) hasta su muerte.
Premios recibidos: Jauja, Lazarillo, el Internacional Andersen de literatura Infantil, Premio Selecciones de Lengua Española, ...
Premios recibidos: Jauja, Lazarillo, el Internacional Andersen de literatura Infantil, Premio Selecciones de Lengua Española, ...
Este relato se presentó al Concurso Nacional de Cuentos "Hucha de Oro" de 1978. Publicado en 1985 por Ediciones Vanguardia Obrera, S.A. Más.
HOMENAJE A CIPRIANO MARTOS EN EL ANIVERSARIO DE SU ASESINATO
Para Kaosenlared 17/09/2009
Al compañero, al camarada Cipriano en el aniversario de su asesinato por parte del aparato represor fascista de la dictadura franquista. Al amigo, al mártir de la causa de la libertad. No olvidamos.

Él fue el Desaparecido, de noche, por parejas llegaron las tenebrosas sombras que lo raptaron; lo torturaron con saña y crueldad, aterrorizaron a quienes indagamos y preguntamos por él, mientras a media noche las cloacas apestaban a vitriolo.
Guardias civiles asesinos, despojos de lo irracional, del dolor y la crueldad, nacisteis para servir al amo, al hurto, al dictador y al Borbón. En el arrabal de Reus cerca del psiquiatrico Pera Mata, a hurtadillas y silenciosos, escondisteis bajo tierra lo que quedaba de vuestra benemérita actuación.
Fue el amigo, quedó la razón, pues los hombres morimos pero las ansias de Justicia perduran. Son cientos y miles los que esperan que les sea restablecida su dignidad y reconocida su contribución a la lucha por una verdadera democracia y los derechos de sus pueblos a escoger y a determinar sus relaciones con el resto.
Tu lealtad a la lucha por la República, al socialismo y a la integridad física de tus camaradas es referente en esta ardua batalla contra el Capital, el Fascismo y la Monarquía.
Tu nombre no se borrará de la historia.
Guardias civiles asesinos, despojos de lo irracional, del dolor y la crueldad, nacisteis para servir al amo, al hurto, al dictador y al Borbón. En el arrabal de Reus cerca del psiquiatrico Pera Mata, a hurtadillas y silenciosos, escondisteis bajo tierra lo que quedaba de vuestra benemérita actuación.
Fue el amigo, quedó la razón, pues los hombres morimos pero las ansias de Justicia perduran. Son cientos y miles los que esperan que les sea restablecida su dignidad y reconocida su contribución a la lucha por una verdadera democracia y los derechos de sus pueblos a escoger y a determinar sus relaciones con el resto.
Tu lealtad a la lucha por la República, al socialismo y a la integridad física de tus camaradas es referente en esta ardua batalla contra el Capital, el Fascismo y la Monarquía.
Tu nombre no se borrará de la historia.
Solidaridad últimas víctimas del franquismo